
Cristina Fernández de Kirchner experimentó ayer el síndrome De la Rúa. Buenos Aires y las principales ciudades del país se convirtieron en un solo cacerolazo. Una protesta espontánea, como en aquellas históricas jornadas de diciembre de 2001, se desató momentos después del incendiario discurso de la presidenta Cristina Kirchner, que acusó a los productores agrarios de protagonizar “los piquetes (cortes) de la abundancia”.
Fue una jornada donde la tensión y la división de posturas corrió como un reguero de pólvora en los más de 300 cortes de rutas en todo el país, donde desde hace 14 días los productores mantienen una huelga en contra de la retenciones fiscales a las exportaciones de granos y carnes.
Tras anunciar la huelga por tiempo indeterminado, las cuatro organizaciones que agrupan al sector agropecuario esperaban que la presidenta hiciera alusión al conflicto por primera vez y convocara al diálogo. Lejos de lo esperado, durante 20 minutos y rodeada de alcaldes y gobernadores partidarios, la jefa de Estado cuestionó a los productores y dijo que “no nos dejaremos presionar”.
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